De las tarjetas perforadas a decenas de TB en la palma de la mano: así hemos guardado nuestros datos

No somos conscientes de toda la información que generamos a diario, y una buena parte de ella se almacena en nuestros ordenadores y en los servidores a los que accedemos. Un portátil de entrada como el Acer Aspire 3 ofrece un rendimiento más que decente para lo que necesita el usuario medio y proporciona almacenamiento de varios millones de veces lo que el ser humano era capaz de manejar hace unas pocas décadas. Hoy precisamente vamos a hablar de esto último: ¿cómo hemos guardado nuestros datos a lo largo de la historia?

Los tubos de la década de los 40

Más allá de algunos precursores forjados en el siglo XIX (las invenciones de Charles Babagge y Ada Lovelace) y durante las primeras décadas del XX, la realidad es que la informática moderna no comenzó hasta aproximadamente la década de 1940.

El primer ordenador considerado como tal (un mecanismo capaz de realizar operaciones digitales de forma automática y autónoma) es el ENIAC (acrónimo de Electronic Numerical Integrator and Computer) en 1943 —y cuya construcción terminó en 1946—. Un equipo que por primera vez utilizó un sistema de almacenamiento específico basado en biestables para apoyar los cálculos realizados.

Por esta época aparecieron los primeros dispositivos de almacenamiento como tal. En 1947, un par de investigadores de la Universidad de Manchester idearon el Williams-Kilburn Tube, una especie de pantalla en la que aparecían y desaparecían píxeles que emulaban bits de información. Fue uno de los primeros dispositivos RAM del mercado, y que se utilizó en ordenadores como el IBM 701 de 1952.

Lo magnético llegó en 1950 (y se quedó para siempre)

Comenzando con los tambores magnéticos que, aunque se inventaron un par de décadas antes, comenzaron a utilizarse de forma estable en los ordenadores en torno al año 1950. Incluye un tambor que gira a velocidad constante y en cuya superficie se almacenan los programas y las variables. La capacidad variaba según modelo y características, pero era de unos pocos kilobytes con los que actualmente apenas podríamos guardar un archivo de texto pequeño.

Estos tambores terminaron evolucionando a los discos duros magnéticos que aún siguen estando vigentes, y sobre los que hablaremos a continuación

RAMAC, el primer disco duro magnético

No había terminado todavía la década de 1950 cuando se reveló el que es considerado el primer disco duro magnético de la historia, dentro del IBM 305 RAMAC. Uno de esos ordenadores que ocupaban varias habitaciones y que quería reinventar el modo como se almacenaba la información.

El precursor de los discos duros magnéticos tal y como los conocemos hoy, pero en otro formato adecuado al momento y a las circunstancias. Un dispositivo gigante de varias toneladas de peso capaz de almacenar 5 MB de datos, lo cual era una monstruosidad para la época.

IBM 305 RAMAC (acrónimo de Random Access Method of Accounting and Control) fue el primero y estuvo a la venta durante 5 años, un tiempo en el que se vendieron aproximadamente 1.000 unidades.

Las tarjetas perforadas

Eran los años 60 y los ordenadores ya comenzaban a hacerse hueco en grandes industrias, administración pública, y volvió a la palestra un viejo conocido que llevaba aproximadamente un siglo inventado, pero que comenzó a hacerse hueco en el mercado: las tarjetas perforadas.

Un trozo de generalmente papel o cartón, aunque también de otros materiales como plástico, en el que se hacían pequeños agujeritos que codificaban la información: el código del programa, el valor de las variables, etc.

IBM fue uno de los grandes impulsores de este mecanismo muy frecuente en los años 60 y 70 en ordenadores de todo el mundo, y con algunos vestigios todavía en los años 80. Al final, un programa estaba formado por un taco de estas tarjetas con las que se iba alimentando al ordenador, que las iba leyendo y ejecutando.

Sin embargo, fueron un dispositivo de almacenamiento muy alejado de ser ‘perfecto’, y durante su vida útil existieron varios problemas. El principal de ellos es que las tarjetas no podían doblarse ni cortarse ni mucho menos cualquier tipo de modificación en los agujeros, de forma que eran ciertamente frágiles respecto a ortos formatos. Dado que se necesitaban unas cuantas decenas o cientos de tarjetas para crear un programa, la probabilidad de que alguna de ellas no pudiese ser leída era bastante alta. También existían errores de lectura, tarjetas mal colocadas, agujeritos que no podían leerse bien…

Y sin embargo, durante unos cuantos años se utilizaron millones y millones de estas tarjetas que se convirtieron en el estándar por su bajo precio y su versatilidad. Existieron muchos tipos en el mercado para diferentes sistemas y arquitecturas, y con varios objetivos. Todas ellas han quedado ahora como objetos de museo, aunque en muchos casos también tuvieron un importante impacto en la cultura de la época.

Los discos duros de los 80

Pero mientras las tarjetas perforadas eran objetos limitados casi a los más expertos —en especial a los programadores—, con la apertura de la informática al público general se abrió una nueva era para el almacenamiento: los discos duros que habían sido estrenados en el RAMAC que comentábamos antes se implantaron como el estándar en los dispositivos en los que guardábamos nuestros datos.

Los primeros PCs comenzaron utilizando unidades magnéticas de unos pocos megas (refiriéndose a megabytes, MB) de capacidad, que con el paso de los años han terminado ofreciendo magnitudes muy superiores: en la actualidad se comercializan discos duros de hasta 16 TB, que es más de 3 millones de veces la capacidad del primer disco duro del mercado. Han pasado unos 60 años desde entonces.

Los SSD, el almacenamiento ‘flash’

Si bien es cierto que los discos duros magnéticos continúan utilizándose en millones de ordenadores del mundo, ahora hay un nuevo rey: son los SSD, —Solid State Drive—, que tras unos pocos años en el mercado han sabido hacerse su hueco.

¿Cómo funciona un disco SSD?

Un SSD se caracteriza por ofrecer velocidades de lectura, escritura y acceso ultrarrápidas, de varias veces las que ofrecían los discos duros. La razón para esto la encontramos en que carecen de partes mecánicas, con lo que son mucho más rápidos. En un principio eran solo un poco mejores, pero en la actualidad un buen SSD es diez o veinte veces más rápido que un disco duro convencional.

Curiosamente, toda esta ingente evolución ha llegado en menos de un siglo. En todo este tiempo hemos pasado de prehistóricos sistemas de almacenamiento que además de lentos eran muy escasos en términos de capacidad, a dispositivos casi instantáneos capaces de almacenar todas las fotografías de una vida. ¿Qué nos deparará el futuro? Dicen que lo mejor está por llegar.

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Pablo