Si tan barata es la energía solar, ¿por qué no estamos usándola a todas horas?

Hubo un tiempo donde España lideró la cabecera de las renovables. Éramos uno de los países líderes, con potentes inyecciones de inversionistas propios y foráneos propiciando un atractivo futuro.

Un futuro que quedó congelado cuando cierto Real Decreto (900/2015) propuso una nueva legislación con distintos modelos de autoconsumo que imponía restricciones en el ídem (100Kw), además de la exigencia de montar equipos diferentes para cada distinto escenario, provocando confusión entre inversores, consumidores y distribuidores.

España, líder europea con 4.800 horas de sol al año, aún hubo de pagar 128 millones de euros a la firma británica Eiser Infrastructure Limited por los recortes a la retribución de las renovables. Es decir, por incumplimiento de metas. El año pasado Europa instaló 8,61 gigavatios (GW) nuevos —un 28% sobre el ejercicio anterior— y Alemania instaló doce veces más que nuestro país, con bastantes menos horas de sol y 148.000 kilómetros cuadrados menos de territorio. ¿Qué ha pasado, si tan barata es la energía solar?

La conquista de Oriente

Hoy es China quien lidera el parque de la solar fotovoltaica. Y su liderazgo es indiscutible: como país, en su apuesta y capacidad de generar solar ha crecido 800 veces respecto a la década de los dosmiles, produciendo más de 54 gigavatios durante 2017, frente a los 34,5 producidos durante 2016.

Su política es tan agresiva que está invirtiendo en I+D más que toda Europa. Su compromiso con las renovables va más allá de lo estético y espera alcanzar los 340 billones de euros —con b de burro— para 2020.

Presentado el actor principal, es hora de conocer el precio del poder.

La energía renovable es más barata que la energía fósil

No solo el kWh fotovoltaico es más barato que el de gas natural —y también del producido por energía eólica— sino que cuesta menos de producir, su residuo es más sencillo de gestionar —por menor acumulación de deshechos—, no explota bioma alguno ni destruye espacios ambientales más allá del primer proceso de fabricación e instalación.

La eólica de autoproducción de energía eléctrica tampoco queda atrás. Aunque en este particular sí nos encontramos con trabas como su invasiva implementación en el entorno y la influencia sobre la fauna, particularmente aves.

En cualquier caso, si nos fijamos en los precios de la energía solar podemos comprobar un descenso del 62% desde 2009. Una bajada que no conoce suelo: GTM Research estimó que seguiría descendiendo hasta otro 27% para 2022. El países como Chile, el megavatio se sitúa en torno a los 60 euros/hora. En México esta cifra desciende hasta los 10 euros por MWh. Estamos hablando, para contextualizar, de un precio tres veces más económico que el carbón según el mercado actual.

En 2025, el kWh podría situarse en torno al céntimo de euro. Y para 2040, siguiendo esta misma línea, Fortune estimó una caída del precio internacional hasta los tres centavos de dólar por kilovatio/hora. Un atractivo para inversores, para mejorar la mano de obray para invertir en grandes granjas solares, dejando de lado los combustibles fósiles.

¿Y a quién se vendería toda esta energía? Como apuntaba Jennifer Delony, al mejor postor. A subasta. Unos mercados empujarían el apetito de otros y la alta competitividad mantendría esta tendencia a la baja.

Las explotaciones petrolíferas tienen cada año menos sentido en un mercado donde las corporaciones más inmovilistas han percibido un nuevo mercado que conviene alimentar. Sí, sabemos que nuevo campus de Apple en California funciona con energía 100% ecológica y que otras muchas están tomando ejemplo, piano piano, con vistas al horizonte 2020-2022. Mientras la Comisión Europea apuesta por unos alcanzar sus propios hitos, sólo en Estados Unidos, 10 millones de personas trabajan en este sector. Un crecimiento que empuja una nueva economía, por supuesto.

¿Entonces?

Entonces necesitamos personal capacitado, formación específica, mejores cobertura de exportación, licitaciones más ágiles, un mercado regulado y no espoleado únicamente por iniciativas privadas y una apuesta resolutiva porque todas estas innovaciones aterricen entre nosotros, los consumidores.

Hasta ahora, casi todo el escenario ha sido impulsado o bien por compañías privadas o bien por usuarios que han tomado la iniciativa. Los organismos oficiales no han creado modelos específicos para estos cambios. Quienes han invertido y se han esforzado por no “quedarse cortos”, no han sido bonificados al devolver el excedente en la red eléctrica. Esta nula contraprestación deja claro que no hay balance neto: o pierdes o no ganas.

Más aún, se han gravado a los usuarios que han producido energía limpia a través de una cadena de requerimientos legislativos que agotan al posible interesado.

Por último, que la energía solar fotovoltaica no sea una realidad inmediata es porque, en primer lugar, para optimizar su consumo se requiere un cambio de paradigma. Los modelos de explotación, tarificación y facturación actual no sirven para implementar este cambio sin afectaciones. Y en esta situación hay un responsable troncal y tiene rostro gubernamental.

En suma, disfrutaremos de las mejoras económicas, sociales y ecológicas cuando los organismos responsables no sólo contemplen la posibilidad sino que la fomenten activamente en las propias redes de suministro habituales. Construir el aeropuerto para que puedan aterrizar los aviones.

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Israel Fernández