Así será nuestra vida cuando todo lleve sensores y chips

Hace días compré una jarra de agua. Lo más sorprendente no es su capacidad o lo bien que filtra el agua, sino un chip instalado en su parte superior que informa de cuándo ha de ser cambiado el filtro. ¿Un chip en una jarra? Lejos de ser un caso especial, ayer me topé con un termo con termómetro.

Claro, que la olla de cocción lenta ya tiene display, tengo las llaves enlazadas a un dispositivo bluetooth para no perderlas y tengo un dispositivo en el baño que me permite comprar papel higiénico pulsando un botón. Incluso mi portátil, el Acer Swift 3, incorpora un sensor de huellas por seguridad. ¿Cómo será nuestra vida cuando todo lleve sensor?

¿Por qué ponemos chips a todo?

La domótica e IoT han llegado para quedarse, y una palabra clave es el confort. Queremos sentirnos a gusto, y eso exige medir magnitudes de alguna forma. Ya sea medir la temperatura de la habitación con un termostato o hacer uso de una televisión con sensores fotoeléctricos para regular el brillo: medir es la clave.

La cama repleta de sensores de presión, por ejemplo, no es una novedad. Ya hace décadas que fantaseamos con la posibilidad de medir la calidad del sueño. De hecho, nos instalamos un chip en la muñeca en forma de pulsera para monitorizarlo durante la noche. Pero ahora “coser” chips a la tela es más barato.

Y hemos dado con la segunda clave: el precio. Hace apenas cinco años habría sido absurdo incluir un chip en una jarra porque nadie iba a pagar cientos de euros por ella. Ahora que el precio ha caído en picado, incluirlo apenas afecta al precio pero aporta un importante valor añadido al usuario: información.

La cuarta fase de la tecnología

Michio Kaku, el conocido físico teórico, estableció hace años cuatro fases para toda tecnología. En la primera el precio hace prohibitivo acceder a ella. Pensemos en el papiro de hace cientos de años o los ordenadores hace unas décadas. La segunda es la fase de comercialización, y en la tercera baja el precio.

Hemos visto cómo pasaba eso con los PC, hasta el punto en que cualquiera puede invertir en uno. También ocurre con ordenadores de gama alta y buenas características, como ocurre con el ultraligero Swift 3, que se venden muy por debajo del precio que el consumidor esperaba hace meses.

Con los chips parece que estamos entrando en la cuarta fase: el coste es tan bajo que fabricarlo apenas supone un esfuerzo. Es lo que le pasó al papel, a la electricidad, al agua limpia (en algunos países) y, ahora, a los chips. Pero esto tiene un problema añadido. ¿Se convertirán los chips en basura?

El nuevo futuro de tecnología

todo llevara chips en el futuro

El papel y cajas de cartón ocupan buena parte de nuestros vertederos. Derrochamos electricidad y a menudo no cerramos el grifo del agua. ¿Llenaremos la basura con chips? Nos queda mucho que aprender. Arriba observamos un sensor de partículas atmosféricas.

Mal ejemplo daríamos si lo arrojamos al contenedor. Si hoy ya llevan chip las jarras y termos, herramientas de cocina, camas e incluso algunas mesas de trabajo con bobinas de inducción, es de esperar que pronto haya chips en las paredes, en cada ventana y puerta. E incluso en los adoquines de la calle.

Estos pronto podrían convertirse en una fusión de placa fotovoltaica, sensor de presencia y estación meteorológica. Nuestra vida va a ser mucho más cómoda y confortable con más sensores, pero hemos de usarlos con cabeza, fabricarlos con responsabilidad y reciclarlos como los residuos electrónicos que son.

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Imágenes | iStock/audriusmerfeldas, iStock/Suebsiri

Alma Landri